Érase una vez
una joven princesa, amaba vivir
en el castillo
de sus padres, tener los mejores
vestidos, vestir siempre
a la moda,
tener todas las comodidades
que una princesa puede tener,
pero se sentía
vacía, insatisfecha, solitaria. Sus padres
nunca la dejaban
salir del castillo por miedo a
que alguien se quisiera
aprovechar de ella.
La princesa no les reclamaba nada, pero por dentro
se moría de
ganas de salir al mundo real y vivir realmente su vida. Por consecuente a no poder salir, no conocía
nada afuera de
las cuatro paredes del castillo, su única amiga,
era una joven sirvienta muy noble
que siempre la escuchaba, y era la única que
entendía cuáles eran
sus solitarios pensamientos. Al cumplir 21 años, la princesa decidió que
era tiempo de salir de su encierro, se lo comento a sus padres, pero estos se
negaron rotundamente, se enojaron, y hasta quisieron castigar a la joven princesa.
Ésta argumento que ya no era una niña, que era toda una mujer y que necesitaba
ver con sus propios ojos el mundo, pero sus padres seguían siendo irracionales,
y le prohibieron que siguiera pensando en eso. La princesa demasiado triste se
refugió en brazos de su amiga y volvió al encierro de su habitación. Con el
paso de los días, se resignó un poco y le pidió a su amiga que le consiguiera
unos libros e imágenes del mundo, si no podía salir, lo conocería al menos por
fotografías…
Entonces, la princesa
recibió infinidad de libros, cuentos, historias, imágenes, dibujos, todos ellos
hablaban sobre la naturaleza, el clima, las costumbres de otros pueblos, y
sobre relaciones humanas. En un libro descubrió un cuento de hadas, se le hacia
una completa burla a su vida y estuvo tentada a tirarlo por la ventana para no
seguir leyendo. El libro, trataba sobre una princesa igual que ella, joven,
hermosa, bondadosa, e igualmente solitaria. Pero esos cuentos no decían la
verdad de la vida, ni mostraban siquiera una parte de ella. En los cuentos, las
princesas vivían prisioneras de un ogro, de un dragón, o de una bruja, y estas
a su vez eran rescatadas por un apuesto príncipe montado en un corcel blanco
ayudado por un hada madrina. Aquellas historias eran una burla a su vida. La
joven princesa empezó a soñar, a soñar que era como una de esas princesas,
deseaba fervientemente ser rescatada por un príncipe y vivir felices para
siempre. Pero la verdad la azoto y dejo
de soñar, eso jamás ocurriría.
Ella no estaba en
peligro, ni nadie iría a rescatarla.
Con lágrimas en los ojos
veía su vida pasar, vivía, solo por vivir, sin una razón específica, se dio
cuenta que su vida era una cruel realidad que no podía cambiar, que los felices
para siempre solo existían en los cuentos que amaba leer y que ella estaba en
el mundo real y eso siempre seria así.
Un día, mientras se
encontraba en el invernadero leyendo otro de sus libros favoritos, llamado algo
así como La Cenicienta, llegaron sus padres, los reyes, y se sentaron a un lado de ella. Le
anunciaron que en 3 días llegaría el rey de otro palacio junto con el príncipe,
el hijo mayor, y así formalizar un compromiso y se pudieran casar. La princesa asustada y sin saber cómo
reaccionar se fue corriendo a las caballerizas. Decía que sus padres no podían
hacerle eso, ¿Por qué eran así con ella? Pensaba que no la querían, que solo se
preocupaban por ellos mismos. Llego con su caballo favorito y lo monto, no le
preocupo ensuciar su hermoso vestido rosa ni estropear sus nuevas zapatillas,
solo cabalgo siguiendo el latido de su corazón.
Ya cuando estuvo
tranquila, decidió que era hora de enfrentar a sus padres, no les tenía rencor,
pero estaba decidida a no obedecerlos nunca jamás.
Entro a su recamara,
busco una pequeña maleta y metió unas pocas prendas viejas que le había
prestado su fiel amiga. Monto a su caballo blanco y se escapó del castillo
dejando atrás a sus padres, a su casa y a sus comodidades para enfrentarse a lo
que sería una cruel realidad.

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