Un día sin igual...
Era un lindo día de primavera. Hace unos años
atrás, en un pequeño pueblo de Tamaulipas. Como siempre, yo iba de vacaciones.
Puesto que adoro ir al rancho, convivir con la naturaleza, dejar a un lado las
preocupaciones, ruidos y contaminantes de mi ciudad origen. Me quedaba en la
casa de mis abuelos, en la cual vivían ellos, aparte de mis tíos y mis primos.
Es una casa enorme. Fui con mi pequeño hermano, y mi madre a vacacionar por una
semana. El rancho donde viven mis abuelos es, en una palabra “HERMOSO”. Quizá
algo campirano, pero muy silencioso. La casa o como le decimos entre nosotros
“palapa”, se encuentra en medio del terreno, a unos 30 minutos de la ciudad. Se
rodea de un verde bosque de mezquitales. Es abundante ver correcaminos,
conejos, serpientes de cascabel, vacas, caballos, borregas, gallinas… todo lo
que existe en un rancho. También, muy cerca de ahí, corre un pequeño arroyo,
que se forma desde las montañas, pasando a un lado de la carretera, y siguiendo
su camino por los barrancos, hasta terminar en el rio. Tras las constantes
insistencias de mi hermano, y en parte, mias también. Convencimos a todos de ir
al arroyo, en la parte de los barrancos.
*Hacia bastante que no íbamos, puesto que
siempre nos decían que los animales salvajes bajaban a beber agua ahí. Pero eso
había sido hace años, por lo que yo siempre pensé que eran cuentos para antes
de dormir, y asi evitar los mayores que los mas pequeños nos fueramos al arroyo
solos y nos llegara a pasar algún accidente. Yo estaba entusiasmada por ir,
estaba segura que ese dia seria inolvidable…
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